Recordatorio

No somos profesionales, simplemente nos gusta leer y tenemos tiempo libre, así que a veces cometemos errores.

miércoles, 19 de julio de 2017

Análisis: El guerrero a la sombra del cerezo, David B. Gil

Título: El guerrero a la sombra del cerezo
Autor: David B. Gil
Sinopsis: Japón, finales del siglo XVI. El país deja atrás la Era de los Estados en Guerra y se adentra en un titubeante periodo de paz. Entre las víctimas del largo conflicto se halla Seizo Ikeda, único superviviente del clan regente de la provincia de Izumo, huérfano a los nueve años tras el exterminio de su casa. Hostigado por los asesinos de su familia y condenado al destierro y al olvido, inicia un largo peregrinaje al amparo de Kenzaburo Arima, último samurái con vida del ejército de su padre, convertido ahora en su mentor. En el otro extremo del país, Ekei Inafune, un médico repudiado por aplicar las artes aprendidas entre los bárbaros llegados de Occidente, se ve implicado en una conjura urdida a la sombra de los clanes más poderosos del país. Una conspiración capaz de acabar con el frágil periodo de calma que da comienzo. 

Editorial: Suma de Letras
Número de páginas: 736

¡Hola, dragoncillos! Bienvenidos a la mazmorra y a un pequeño análisis de Green.

El libro que traigo hoy fue el que me compré en mayo como regalo adelantado de cumpleaños [R: no nos cabían las velas en el pastel de carne], pero por distintos motivos no pude terminar de leerlo hasta hace poco. Si don Gil lee esto, por favor que me perdone pero no podía llevarme el libro fuera de la mazmorra para leer.

Esto iba a ser una reseña corta, pero después de algunas recomendaciones de mis compañeras he decidido ampliar la entrada un poco más. Así que, sí, esta vez habrá spoilers y si queréis leer el libro sin haberos tragado ninguna sorpresa, podéis hacerlo hasta el cartelito negro que pondré más adelante. 

El guerrero a la sombra del cerezo es una historia que mezcla las clásicas aventuras de vaqueros en el viejo oeste con el misticismo samurái y las intrigas palaciegas que tanto nos gustan últimamente. En realidad está mal por mi parte hablar de misticismo porque la visión del guerrero japonés que da el libro no tiene nada de misteriosa. Se habla mucho, por supuesto, del honor y lo que significa ese honor para el samurái, se muestran los duelos entre guerreros, tan romantizados y exagerados en las películas, y se habla, también mucho, de la vida cotidiana durante los años en los que se desarrolla la historia.

Como no me quiero ir más por las ramas, voy a empezar por el principio para entrar un poco en salsa.


La historia empieza con la caída de una de las familias nobles que, bajo la mirada del shogun, gobernaban en Japón durante esos años. Para quien no lo sepa, el shogun era una especie de líder militar, cuya figura se implantó tras diversos conflictos que desplazaron al emperador y a la familia imperial a un segundo plano en el mapa político del país durante bastantes siglos. Esta familia noble, los Ikeda, es exterminada en una noche y tan sólo el hijo menor del daimio (la cabeza del clan, vamos) y el general de su ejército sobreviven a la matanza. De forma paralela se nos presentan las aventuras y desventuras de Ekei Inafune, un médico que estudió los conocimientos medicinales de los occidentales y que durante mucho tiempo vagó de aquí a allá ejerciendo su oficio sin más problemas que evitar a los ronin (samuráis que no sirven a un señor feudal) problemáticos en las tabernas.

Voy a ser completamente sincera: me costaba mucho coger el ritmo del libro cada vez que empezaba un capítulo de Ekei. Es cierto que hay que presentar a los personajes, el entorno y la situación, hm, política del momento, pero por alguna razón los capítulos del médico hasta que entra al servicio de los Yamada se me hacían muy cuesta arriba, quizá porque esperaba encontrarme mucho antes el conflicto de su trama, como pasaba con la de Seizo. Quizás fuese impresión mía porque, a pesar de ello, los datos de los pie de página eran muy interesantes.

La historia, por tanto, es en realidad dos historias (je) que van alternando los capítulos de la vida de Seizo, que tiene que vivir unos años con una familia de comerciantes que no lo quieren hasta que Kenzaburo haya preparado todo para entrenar al muchacho en la venganza contra los asesinos del clan, y Ekei, que se ve envuelto en una intriga política cuando el daimio del clan al que sirve le ordena que se infiltre como médico de cámara en el seno de una familia rival más poderosa, para averiguar si pretenden conquistar el territorio de los demás clanes.

Como podéis ver había muchas provincias,
muchos clanes y muchos samurais.

No es un esqueleto realmente innovador, hace poco descubrí que otro libro recién publicado tenía la misma estructura narrativa y de esquemas que este, pero a tres bandas en lugar de a dos. Sin embargo don Gil le ha sabido sacar muy bien el jugo a este esquema. Creo que el único problema que tuve, y fue más por no prestar atención, fue la situación del tiempo interno de la historia porque se dan datos, pero yo no lograba conectarlos. Por ejemplo no sabía si la historia de Seizo se desarrollaba a la vez que los acontecimientos de Ekei, o si una era antes que la otra o… A decir verdad todas las posibilidades me eran muy atractivas, así que cualquiera me habría gustado (y como digo más tarde, es lo que pasó), peeero… o hay que revisar eso o es que leo demasiado deprisa y me como información, lo cuál no me extrañaría.

También quiero incidir de nuevo en una cosa y añadir otra: La repetición de información era abundante en el primer tercio del libro, más o menos hasta que arranca la trama como tal y la narración se deja de preámbulos y el pasado de Ekei. Es curioso porque con Seizo no pasa, todo ese tramo de la historia del muchacho es pura adrenalina salpicada de paisajes y costumbres locales de las zonas por las que pasa. La otra cosa que quiero añadir es el abundante uso de resumen narrativo y explicativo, usado prácticamente para contar cosas del pasado de los personajes porque pararse a mostrar esas cosas supondría que el libro tendrían mil quinientas páginas y no setecientas, por lo menos. Era lo que más aburrido hacía, por parte de la narración, el leer a Ekei, porque con Seizo y Kenzaburo se muestran sentimientos y pensamientos de forma mucho más… fluida, por alguna razón. Puede ser sólo mi impresión, pero creo que habría que vigilar ese aspecto e intentar reducir las explicaciones (no he leído aún Hijos del Dios Binario, así que no sé si ha pasado).

Lo recomiendo si te gusta la época, o los samuráis, o Japón en general, incluso si te quieres atrever con la histórica por primera vez porque no es un libro pesado más allá de mis quisquilloseces, así que ya estáis tardando.

Y ahora… pasemos a los spoilers.




La trama de la intriga es más compleja de lo que la he pintado. Ekei tiene que servir de espía cuando no lo ha sido en su vida ni ha sido entrenado para ello (je). Muchas veces se tiene que valer del ingenio y la labia y que le acompañe la suerte [R: la Fuerza, ¡confía en la Fuerza Ekei!] para salir airoso de los problemas (el modo con el que logra hacer que le acepten como médico del clan es muy inteligente, la verdad sea dicha, pero la suerte tuvo algo que ver también) y una vez dentro del castillo del daimio se encuentra con la desconfianza de la médico jefe de la familia, una pared que le costará derribar con mucho tiempo y esfuerzo (cosa que es muy lógica así que todo gana puntos).

Sociedad samurai a grandes rasgos.
Además, la situación política del país no ayuda mucho a la misión. Tras una batalla muy importante ( Sekigahara para los entendidos) que dio fin a un período extenso de guerras, se ha alzado un nuevo shogun que está imponiendo la paz en el país todo lo rápido que puede. Muchos de los clanes pequeños que no apoyaron a la familia del nuevo shogun se han visto relegados a territorios exteriores o sus tierras han sido mermadas en favor de los aliados del nuevo líder. Como buenos estrategas que son, tantean el terreno a ver si es posible arrancarle un pedazo del pastel a esos clanes favorecidos antes de que se decrete la paz en todo el país. Los Shimizu, el clan de Ekei, juegan con un poco más de cuidado y por eso envían al médico a espiar a los Yamada, una familia a la que estos clanes más pequeños temen por si se le ocurre soltar las riendas del ejército y conquistarlos a todos antes de que romper la paz del shogun sea ilegal.

Es una excusa, claro. Todas esas familias de menor rango utilizan el pretexto de la defensa ante un pez más grande para declarar ellos la guerra antes y aprovecharse.

Ekei sabe que juega con desventaja porque es él el que arriesga el pellejo y cada encuentro con el enlace que le comunica con su señor es una espina que se le clava en el pecho hasta que se harta de la situación y decide jugar con sus propias reglas y averiguar qué está pasando por sus propios medios y con sus propios métodos. Es una trama que empieza muy suave y muy floja, pero que toma carrerilla hacia la mitad y corre hasta el final de forma firme y sin tropezarse.

Por otro lado, la historia de Seizo es mucho más sosegada, como si su propio entrenamiento como guerrero fuera también el nuestro. No hay exactamente una tensión y una emoción constantes, porque sabes que, cuando tenga que llegar el momento de la venganza, llegará y que aun no es necesario pensar en ella aunque haya que tenerla presente. Después de unos cuantos años, Kenzaburo reaparece en la vida del muchacho y se lo lleva a las profundidades de las montañas junto al Fuji. Allí, en un valle apartado y enclavado entre los picos de la cordillera, el antiguo general entrena a Seizo para convertirlo en el último guerrero Ikeda que vengará el nombre de la familia. Es allí donde se forja el ancestral vínculo del aprendiz y su maestro y donde el joven se convierte en el guerrero a la sombra del cerezo, tras años de esfuerzo y dedicación. Cuando parte hacia su destino Seizo recibe la daisho («la grande y la pequeña», los dos sables, katana y wakizashi, que un samurai portaba consigo casi en todo momento) de su maestro y promete volver para devolverle las armas cuando haya cumplido con su cometido.

A partir de entonces, gracias a las enseñanzas de Kenzaburo y la información que este ha podido recabar con el tiempo, Seizo Ikeda persigue a los ejecutores de su clan, a los traidores que vendieron a su familia, y los caza uno a uno hasta que el rastro se corta y no puede ni quiere seguir después de tantas muertes que carga a la espalda.

¿Y dónde, me preguntáis, se cruzan las tramas?

Bueno, durante todo el libro parece que el pastel es una cosa, pero al final cuando se entrelazan y llega el final, sientes que es lo que debía pasar. Y he de decir que es un final que me pareció muy trabajado y que daba el broche perfecto al libro. 

Son, además, los personajes quienes hacen que ese broche final sea aún más redondo. La última escena escrita es la culminación de algo que se llevaba construyendo casi toda la historia, por no decir toda, y leerla me dejó un muy agradable sabor de boca, una sensación que no sentía al terminar un libro desde hacía mucho tiempo [L: Después de todo lo que hubo que fregar en la Mazmorra con Un monstruo viene a verme, lo agradezco].

Son los personajes los que le dan un tacto especial al libro. Os lo pueden decir en la mazmorra, uno de mis géneros predilectos es la histórica y cuesta mucho encontrar una novela que de verdad lo sea, donde los personajes realmente pertenezcan al momento que la historia comprende. Es cierto que no todo tiempo antiguo y pasado fue pomposo y menos vulgar que el nuestro, pero muchas veces me he encontrado jerga del siglo XXI en una novela ambientada en el siglo X y eso me apartaba. El guerrero a la sombra del cerezo es una de las novelas históricas que más han respetado el tiempo que describen y me he sentido parte de él. Lejos de utilizar las nomenclaturas japonesas (no muchas y siempre explicadas) para los personajes en los diálogos, existe un equilibrio de respeto y confianza bien establecido y sabes en qué momento Ekei está hablando con el daimio Yamada y cuando con un campesino.

Ekei, a quien detesté al principio por salirse siempre con la suya, fue un descubrimiento de personaje atormentado que se refugió en la medicina, quizá como penitencia por todo lo que había hecho y lo que no en su pasado y que de repente se ve atrapado en una situación indeseable para él y de la que no puede escapar sólo con su labia.

Nakano Takeko, una de las últimas mujeres samurai.
Junto a él, O-Ine Itoo y Yukie Endo, la médico jefe y la hija del general del clan Yamada respectivamente, supusieron también una refrescante brisa en un mundo donde las mujeres no ocupaban posiciones de relevantes y de poder. Se nos trae un recuerdo de las mujeres samurai, ninguneadas por el olvido occidental, que perdurarían hasta la caída de los Tokugawa en el siglo XIX. Médico y guerrera, son una pequeña muestra de que no pasa nada al introducir personajes femeninos coherentes con su momento y entorno de forma respetuosa.

Es cierto que esas dos mujeres y Sakura, una asesina que ejerce el papel de femme fatale clásico, son casi los únicos personajes femeninos con relevancia en el libro, además de secundarios menores recurrentes que no tienen mucho más rol que el de aparecer (aunque masculinos en ese plan también hay a patadas). Lo bueno es que salvo Sakura (que es su papel y aún así es tratada con respeto por parte de la narración) ninguna más está sexualizada y eso es un detalle agradable. Entiendo que es complicado hacer un elenco balanceado en un mundo como el Japón feudal en un período de paz, donde personajes como Yukie se asfixian sin batallas que librar.

Y aunque O-Ine es la co-protagonista de Ekei, es cierto que existe otro co-protagonista para el médico, un samurái del clan Yamada llamado Asaemon Hikura. Este guerrero es una suerte de mejor amigo para Ekei, al que arrastra a beber muchas noches a tugurios de no muy buena presencia. Hikura es otro personaje roto, alguien que es respetado en el clan porque es muy buen guerrero, pero que no se preocupa por el estatus que tiene en la guardia personal del daimio y que prefiere beber con Ekei a quien parece que ha tomado cariño. Lo cual es muy bonito y a la vez triste porque el hombre que arruinó la vida de Asaemon Hikura es el propio Ekei. El samurai, en determinado momento, le cuenta al médico que hace mucho años servía a otro clan, que tenía esposa y un hijo recién nacido y que alguien le arrancó todo eso de los brazos al herirle y deshonrarle, y que pretende vengarse de esa persona algún día.

Es bonito y triste a la vez porque Seizo y Ekei son la misma persona.

Cuando Seizo Ikeda decide rendirse y olvidar el camino de la venganza porque cree que ya no puede seguir, se abandona al olvido, huye de su camino y se convierte en Ekei Inafune. La amargura del personaje estaba ahí desde el principio, como una elocuente pista, y no conectas los puntos hasta el final, cuando en los últimos tramos de la trama de Seizo aparece un grupo de asesinos que lo busca, cuyo líder es el Asaemon Hikura que todavía era feliz. 

Así me imagino a Asaemon Hikura.
Como dicen por ahí, le convertí en mi husbando.

Es gracioso, en esos resúmenes narrativos y explicaciones redundantes NUNCA se exploraba el pasado del médico más allá del estudio de la medicina de los occidentales.

JAMÁS.

Y eso es intencional así que no puedo hacer más que aplaudir.

Que por la amistad que Hikura siente, después de todas las juergas y noches sin dormir, por Ekei y decida (hay otros motivos en juego, pero este también es válido) que prefiere ayudarle en lugar de matarlo me termina de romper el corazón. 

Por otro lado tenemos a Seizo antes de convertirse en médico, un niño criado y entrenado por un único hombre en la soledad de las montañas, que acepta las duras lecciones y el destino que le aguarda sin rechistar, y que termina cargando con lo que significa el honor a la espalda. Seizo me parece un personaje atormentado y destruido por todas sus circunstancias que tiene que volver a construirse y encontrar su lugar en el mundo, como finalmente consigue como Ekei Inafune. Kenzaburo es el maestro perfecto para él, un general sin ejército que no le queda nada más de su vida que el niño que rescató y que crió. En sus diálogos finales sabes qué, aunque nunca se lo dijeran porque los japoneses no son muy dados a las sensiblerías y sentimentalismos, ambos se consideran padre e hijo.

Y tengo que señalar una última cosa. El detalle de intercambiar los nombre de Seizo y Ekei según las circunstancias (ya a partir de que descubres que son el mismo hombre) porque según qué momento es el guerrero o es el médico el que está pensando me pareció muy inteligente. Seizo es el que termina averiguando quién orquestó la masacre de su familia y clan, y es el que vuelve a la montaña y al valle donde su anciano maestro sigue esperando a su regreso. Es Seizo quien se reencuentra con Kenzaburo, pero es Ekei quien al final vive a la sombra del cerezo porque el guerrero puede por fin descansar para siempre.

Mi impresión personal es la que os he comentado al principio. Para ser una primera novela está muy lograda y trabajada, así que me creo aquello de que don Gil le dio vueltas y vueltas a todo hasta que su editor le quitó el manuscrito de las manos. Quizá la única pega que yo le pondría, así en resumidas cuentas, es que hasta casi la mitad del libro la historia no arranca como tal. Como se alternan muchos capítulos tarda en avanzar y hay que explicar muchas cosas, se repite información muy a menudo y llega a cansar un poco, pero cosas de ese estilo las tienen todos los primerizos (y casos peores he visto, así que le perdono todo por haber podido acompañar a Seizo y a Ekei en su largo viaje).

Estoy tardando en leerme el spin-off de Ekei, antes de que su señor le metiera en los líos de la historia principal.

Os dejo un link a la grabación que hicieron de la interesante charla en la que el autor y el resto de presentadores explican mucho mejor los pormenores del período y el duelo samurai. También os dejo un enlace a un fragmento de la historia que se colgó en Facebook hace poco.



Y ya sabéis lo demás, los tomates a la cesta de las verduras.





PD: He echado de menos relaciones homosexuales entre guerreros (?)

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